EL PUENTE DE LA VERDAD
Por Daniel Naveiras
“Si la noche es tenebrosa se hace difícil buscar.
Pero para causa noble no existe dificultad.
Junte el alma sus corajes y no mire para atrás.
brillará mejor la vida, si brilla con libertad”.
Atahualpa Yupanqui
Fue a fines de los 60, cuando sin quererlo, pedirlo y esperarlo realmente, me convertí en otro niño. No recuerdo exactamente la fecha, pero si aquellos 8 años que tenía. Lo vivido en aquella edad, ahora tan lejana, cambiaría mi forma de sentir y pensar. Dicen los que saben que ciertos eventos, que uno vivencia, nos hace envejecer. Sin embargo, también crecer desde adentro, y eso creo que fue lo que me ocurrió aquel día. Es como la historia del sabio y el joven que se cuenta en Oriente. Ocurrió cuando este último, quiso viajar para probar fortuna. Antes de hacerlo, visitó a un ilustre sabio y le pidió un talismán que le diese suerte y lo protegiera.
El sabio, tomando cuatro granos de café se los entregó, diciéndole: “Tómalos en tu mano y apriétalos bien fuerte. Te darán salud, paz, alegría y trabajo”
El viajero preguntó: “¿si cuatro granos son tan fuertes, puedo llevarme una bolsa?”. - ¡No! - respondió el sabio. - La fuerza no está en los granos de café. El secreto está en tus manos y en la fuerza que desarrollas tú. Es la fuerza de tu fe, con ella conseguirás todo - .
Ese todo que me ocurrió cuando tenía 8 años, no fue un acto mágico. Faltaría a la verdad si diría algo así, ya que la magia se basa en el engaño y la mentira y esto, que sucedió hace tantos años, fue verdad. Tanto es así, que permanece en mi mente desde aquel día y sólo lo conté por primera vez diez años después, en una mesa de bar donde paraba la barra de amigos, que festejaban mi cumpleaños. Todo el bar detuvo sus tareas, para escuchar lo que voy a decirles a través de este texto.
Un año antes que el hombre llegue a la luna y uno después del gran desafío futbolístico, contra los chicos de la iglesia, por la estadía en la esquina donde estaba la zanja más profunda y con las mejores ranas del barrio. Dicho sea de paso, un partido difícil, pues los de la iglesia tenían para entrenar la cancha de fútbol, que le había construido el padre Tomás, al lado de la iglesia.
La mañana del día del partido, había sido de mucho trabajo, pues nos dedicamos a construir un puente para cruzar la zanja, ya que las ranas ni cortas ni perezosas se iban del otro lado y forzaban nuestra voluntad y la paciencia de nuestras madres, cuando tras ellas nos metíamos en la zanja de agua bastante sucia, por cierto. El puente era la solución para evitar problemas en casa, porque no había lavarropas y todo se lavaba a mano.
Gracias al consejo de un padre aventurero, lo que pensamos como una idea loca o un simple sueño, cobró realidad cuando en una demostración de unión colectiva, esa mañana, trajimos todo lo posible, sábanas viejas, dos tirantes castigados por la humedad, maderas, clavos, cartones y una gran lona que guardaba, pese a los intentos de ser arrojada a la basura por mi madre. Todo servía para armar el gran proyecto: el puente, nuestro objeto transicional, nosotros y la realidad de un extremo y del otro. Recuerdo, aún, en la boca de mi estómago, la sensación de aventura y miedo que me invadía a la vez, pues sólo se convertía en placer, alegría y tranquilidad, cuando llegaba del otro lado de la orilla. Él era nuestro desafío, miedos, deseos de aventura, libertad, fantasías y el impulso de algunos de nosotros por buscar un futuro que se nos venía encima. Así, abandonábamos el presente y lo que creíamos que era seguro, para el futuro, se convertía en incierto al momento de cruzarlo. El miedo a caminar sobre el inestable resultado de nuestra tarea inexperta, pero francamente necesaria, nos impulsaba a seguir adelante con ese hacer tan particular que nos permite sólo la libertad.
El puente también fue un patrimonio que había que defender ante la rivalidad futbolística, que daría lugar al gran desafío por esa bendita esquina, que luego de cada lluvia se llenaba, pero créanme que se llenaba de ranas de todos los tamaños.
Durante la tarde, en aquel partido, que establecería la rivalidad, llovió torrencialmente, pero eso no impidió que jugásemos igual. Fue vibrante, se pautó a 12 puntos y cuando teníamos todo cocinado, nos empataron y sólo quedaba un gol para finalizar. Así, durante bastantes minutos, demasiados, permanecimos estancados en ese puntaje. Hasta que un contragolpe, un centro y Orlando, con sus terrible pie, bajo la pelota con la punta del dedo gordo, frente al arco y casi cayéndose y con la última gota de fuerza, con la zurda, la clavó abajo en el palo, va al montículo de ropa que hacía de palo. Ahí, donde le duele a los arqueros. No llegó el “ángel”, le decían así al arquero, por como volaba. El gol, nos izo correr como locos y abrazar a Orlando en un deseo de triunfo compartido. No fundimos en un solo abrazo colectivo, pero único entre amigos; la historia de la humanidad lo demuestra antes que nosotros mismos lo podamos entender.
Ese fue un gran día, pero nada comparado con el que vendría. Resulta que la lluvia, el barro y los golpes, me levantaron unas líneas de fiebre durante la noche, nada importante desde lo médico, pero si para mi, pues podía faltar al colegio. Esa mañana, comenzó como cualquier otra, pero sin la preocupación de la tarea, pues a la tarde el colegio no contaría con mi presencia. Sin embargo, mi hermana luchaba con una lección y no se sentía segura con lo que trataba de preparar. Tenía una prueba de historia, muy importante para ella y para su promedio. La escuchaba desde mi cama como lloraba en la cocina y a mi madre, que intentaba ayudarla. No había caso, los nervios la superaban; pronto llegó la hora de comer y partir al colegio, pasó por la puerta de la habitación muy triste y entró en el baño, para lavarse los dientes e irse. Fue en ese momento, que me abrí a Cristo, y le pedí por primera vez algo, que no era para mi, sino para el bienestar de mi hermana. En mi mente, le dije: si podría ayudarla en la lección de historia y hacérsela recordar apenas esté entrando al colegio. Eso fue todo, esa fue mi apertura con ocho años y jamás la conté hasta aquel día en el bar, con mis amigos. A la tarde, cuando mi hermana volvió de la escuela, yo estaba en la cocina tomando la merienda. Mi hermana entró y se sentó, sin pronunciar palabra alguna. Mamá le sirvió el tazón de leche con galletitas y la saludó. Todos en silencio esperando lo peor. Mi hermana sonrió y dijo: - me fue bárbaro, cuando estaba entrando al colegio, me acordé de todo – levantando las manos con desbordante alegría. Me quedé tieso, mirándola, Mi hermana, con su sutileza, me miró y me dijo: - ¡que viste nene, un fantasma! -
Esa es la historia, muy simple y cotidiana, pero muy profunda, que hoy al tiempo vuelvo a contar, pues se relaciona con esa apertura necesaria para ser otro tipo de ser humano. Como decía Benedicto XVI, a orillas del río Rhin, al inicio de su pontificado: “Quien deja entrar a Cristo en la propia vida no pierde nada, nada –absolutamente nada- de lo que hace la vida libre, bella y grande. Al contrario se abren las puertas de la vida. Cristo no quita nada de lo que hay de hermoso y grande en ustedes, sino que lleva todo a la perfección para la gloria de Dios, la felicidad de los hombres y la salvación del mundo”.
Un año después, ganamos la zanja y el puente, fue oficialmente nuestro. Frente a mi casa, el puente duró mucho tiempo hasta que el progreso del asfalto acabó con la zanja, y un canal aliviador de hormigón con puentes de cemento cada cincuenta metros, para cruzar de orilla a orilla, terminaron con nuestra creación infantil y con la zanja.
En aquellos años, descubrimos que los puentes son importantes y que deben ser bien construidos, con mucha responsabilidad, para que la gente esté segura al utilizarlos. Pero yo, descubrí algo más, que hoy permanece dentro de mí. Ese puente que construí con un único material: la fe en Cristo. Es en definitiva, lo que hace a la vida libre, bella y grande. Así, se puede confiar en un puente, porque une las verdades que nos llevan por el camino del alma humana. Entonces, y sólo entonces, nos servirá para nuestra vida cotidiana y futura, uniendo aquellas respuestas, que de lo contrario estarían separadas, así de simple.
“CUANDO EL ALMA NO TIENE FRONTERAS, APARECEN LAS RESPUESTAS Y ENTONCES, UN NUEVO DESTINO SIEMPRE NACE”